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PORLAMAR, VENEZUELA 2 de Febrero de 2010 (LMP.mx/Alpha Comunicación)- Sobre el flamante escenario, una fiesta músico-cultural plagada en color, en el marco de un ambiente festivo, con tramos emotivos pero con el fondo de la hermandad a la que convoca el deporte. Así fue como se desarrolló la ceremonia inaugural de la Serie del Caribe 2010. Se cumplió el protocolo cívico pero sin el rigor del formalismo. Grupos folclóricos de la región margariteña se ubicaron sobre el terreno de juego y ahí, niños venezolanos, ataviados con una chaqueta tricolor con los colores de su país, alzaron con sus brazos las banderas de los cuatro países representados en esta competencia de la pelota latinoamericana: Puerto Rico, República Dominicana, México y Venezuela.
Sin la espectacularidad que se estila pero con la sencillez que concede la emotividad de una región que ha alojado con júbilo a este evento.
Los respectivos himnos nacionales fueron entonados luego de que se presentaron a los cuatro equipos en contienda, reunidos todos para formar ese cuadro que caracteriza una compete ncia en la cual, ante todo, la conviven cia amistosa se traslada hacia el aficionado, al visitante que se lleva el recuerdo de lo vivido a toda intensidad.
Porras y loas par a los Leones de Escogido, para los Indios de Mayagüez, para los Naranjeros de Hermosillo y la exaltación mayoritaria para los monarcas locales, los Leones del Caracas.
Eso sí, una ceremonia realizada “a casa llena”, con alrededor de 16 mil espectadores revelando el fervor de ser testigos de una Serie del Caribe que apenas arrancó este martes y que dentro de cinco días más se sabrá que deja para la historia, más allá de solamente un ganador.
En la vísp era, los Leones de Escogido habían vencido a los Indios de Mayaguez, preludio a lo que sería minutos después, el duelo entre México y Venezuela, el esperado por la gente de casa.
Y en el cierre de la inauguración, la fiesta de fuegos artificiales que iluminaron los alrededores de Guatamare, entre bahías que perdieron su tranquilidad ante la euforia de una fiesta netamente beisbolera. |